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Tendencia favorita: Por fin la experiencia volvió a ser cool.
Algo está cambiando. Mientras el mundo pasó una década entera obsesionado con influencers de 22 años, founders adolescentes y modelos que parecen recién salidos del colegio, la gente con gusto real empezó a volver a mirar hacia arriba.
La experiencia dejó de ser algo que esconder en el curriculum y se convirtió en el activo más codiciado. No por cuota generacional ni inclusión performativa. Porque funciona mejor, se ve mejor, y vende más.

Los rostros que realmente importan tienen canas
Cuando Moncler eligió a De Niro (81) y Pacino (84) para su nueva campaña, no fue nostalgia. Fue una declaración: el lujo real no lo define la juventud, lo define la presencia. Y la presencia se construye con décadas de vida vivida, no con filtros de Instagram.


Lo mismo hizo L'Oréal poniendo a Jane Fonda de 86 como rostro global en 2024. O Prada con Jeff Goldblum a sus 71 generando más engagement que modelos de 20. Estas no son celebridades vintage siendo recicladas. Son personas con criterio propio representando marcas que finalmente entendieron que su clientela real tiene más de 40, no menos de 25.

Los influencers con credibilidad real tienen décadas de experiencia.
Iris Apfel murió a los 102 años siendo ícono de estilo más relevante que el 99% de las influencers pagadas. A los 84 firmó contrato con IMG Models. A los 90 colaboró con MAC Cosmetics. No porque diera pena, sino porque su punto de vista valía oro.

Nick Wooster tiene 64 años y sigue siendo uno de los hombres más fotografiados del street style global. Las marcas no le pagan por followers, le pagan por criterio. Cuando usa algo, significa algo.

Grece Ghanem tiene 55 años y mezcla Balenciaga con vintage, usa color sin miedo, y tiene más estilo en una foto casual que campañas enteras de marcas fast fashion.
¿Influyen menos que un tiktoker de 19 años con 10 millones de followers? Tal vez. Pero cuando las marcas de lujo tienen que elegir un rostro, eligen experiencia. Porque venden aspiración, no viralidad.

Las marcas que realmente valen priorizan experiencia sobre edad.
Brunello Cucinelli factura más de €900 millones anuales con una política radical: contrata artesanos mayores de 50, les paga 30% sobre mercado, y tiene rotación casi cero. Cada pieza de cashmere Cucinelli está hecha por manos que llevan 30 años haciendo lo mismo. Ese nivel de craftsmanship no se aprende en bootcamp de tres meses.
Hermès tiene artesanos que llevan 40 años cosiendo la misma cartera. Una Birkin tarda 18 horas de trabajo y solo puede ser hecha por alguien con años de entrenamiento. Hermès podría contratar gente joven y barata. Pero no lo hace, porque sabe que el know-how vale más que el ahorro.

Cuando Miuccia Prada tiene 75 años y sigue diseñando las colecciones más codiciadas del planeta, o Anna Wintour dirigió Vogue hasta más de los 70 años, no es casualidad. Es evidencia de que el criterio no se aprende rápido. Se construye despacio, colección tras colección, década tras década. Sabe qué funciona porque ya vio todo fallar antes.

Por qué funciona mejor.
Un estudio de Harvard Business Review mostró que startups fundadas por personas de 45+ tienen 70% más probabilidad de éxito que las fundadas por menores de 30, y que las marcas con directores mayores de 55 tienen márgenes 23% superiores.
El secreto que nadie quiere admitir.
La obsesión con la juventud nunca fue sobre talento. Fue sobre precio. Es más barato contratar a alguien de 24 que a alguien de 54. Es más barato pagarle a una influencer con 100K followers que a una directora creativa con 30 años de carrera. Pero barato no es rentable si el resultado es mediocre. Y el mercado finalmente lo entendió.
Brunello Cucinelli paga más, produce menos, y gana más que marcas con diez veces su volumen. Hermès tiene waiting lists de años. Moncler pone a De Niro de 81 años en campaña y las ventas suben.
Lo que realmente cambió.
Durante años, las marcas creyeron que lo cool era lo joven. El resultado fue un mar de marcas idénticas persiguiendo lo mismo, diciendo lo mismo, vendiéndose igual.
Ahora las marcas inteligentes entendieron algo mejor: lo cool no es perseguir tendencias. Es tener punto de vista. Y el punto de vista se construye con tiempo, con errores, con décadas de ver qué funciona y qué no.
La experiencia volvió a ser cool porque finalmente entendimos que la juventud es solo una fase. La maestría es para siempre.
Y en un mundo saturado de contenido efímero, lo eterno vende más.
*Una producción de Dfavoritos. Si diriges una marca y quieres darle una nueva narrativa más relevante, escríbenos.
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